CATALÀ  |   ESPAÑOL  |   ENGLISH  

Dirigido por el psiquiatra Dr. Julio Vallejo Ruiloba en Barcelona

93 487 01 78

Tratamiento del Trastorno de Ansiedad

 
Los trastornos de ansiedad tienen a la angustia (o ansiedad) como síntoma principal, si bien este fenómeno puede acompañar a la mayor parte de trastornos psíquicos. La ansiedad, que aparece en situación de amenaza (física o psíquica) para el ser humano, puede presentarse de forma permanente (ansiedad generalizada) o de crisis (crisis de ansiedad). En el primer caso, la ansiedad generalizada, presente en el 3-4% de la población general, ha de tratarse con tranquilizantes y psicoterapia, mientras que en el segundo las crisis de ansiedad, presentes en el 1% de la población general, han de abordarse con antidepresivos y más raramente con psicoterapia.

Si bien se reconoce una tendencia constitucional a la ansiedad, en la ansiedad generalizada se supone una causa ligada a conflictos psicológicos (sentimentales, económicos, profesionales, etc.), mientras que en las crisis de ansiedad actualmente se considera que el origen está relacionado con factores constitucionales-biológicos.
ENFOQUE DEL TRATAMIENTO EN NUESTRO GABINETE

 
En nuestro gabinete precisamos el tratamiento de la ansiedad generalizada de las crisis de ansiedad. En el caso de las crisis de ansiedad, si bien se pueden administrar benzodiazepinas, y en concreto, especialmente el alprozolam, son muy útiles los antidepresivos. En el caso de la ansiedad generalizada, el tratamiento en nuestro gabinete es mixto con psicoterapia y benzodiazepina (tranquilizantes menores).
MÁS INFORMACIÓN SOBRE LOS TRASTORNOS DE ANSIEDAD
La siguiente información está extraida del libro "Introducción a la Psiquiatría" del Dr. Julio Vallejo

Manifestaciones clínicas de la angustia

La angustia no es en sí misma un trastorno, ya que la mayor parte de los seres humanos la experimenta en un momento u otro de su existencia. En principio, el fenómeno de la angustia emerge cuando la persona se siente amenazada en su integridad física (enfermedad médica) o psíquica (conflicto). En otras palabras, surge en relación con la vivencia que un ser humano tiene de atentado o amenaza a su equilibrio personal. Desde situaciones banales (p. ej., un examen) a otras extremas (p. ej., un accidente grave), la angustia aparece como primer síntoma que alerta al hombre sobre el peligro. Por esta razón, no es esencialmente patológica, sino que actúa como señal que permite al sujeto concienciar una situación de peligro y tomar las medidas oportunas para protegerse.

Sin embargo, en ocasiones la angustia aparece en el contexto de una enfermedad en diferentes situaciones: a) acompañando a determinadas y variadas enfermedades médicas (epilepsia temporal, enfermedad de Parkinson, demencias, encefalopatías, hipotiroidismo o hipertiroidismo, anemias, porfirias, síndrome premenstrual, lupus eritematoso, angina de pecho, neumotórax, embolismo pulmonar, etc.) o el uso de medicamentos o drogas (café, L-dopa, corticoides, anorexígenos, marihuana, anfetamina, cocaína, alcohol, etc.); b) acompañando a ciertas enfermedades psíquicas (depresión, trastornos obsesivos, esquizofrenia, etc.); b) como respuesta a circunstancias externas estrés-antes-que pueden provocar una reacción de angustia en cualquier persona sana, siempre y cuando el estímulo desencadenante sea suficientemente intenso (en otras palabras, estímulos leves pueden provocar reacciones de angustia en personas sensibles con personalidades neuróticas y ansiosas y, por el contrario, las personas estables, poco ansiosas y con bajo umbral de neuroticismo precisan estímulos muy potentes para desarrollar una reacción de angustia), y d) cuadros clínicos en los que la angustia se sitúa como fenómeno patológico primario, sin emerger en relación con enfermedades médicas o psiquiátricas ni situaciones ambientales estresantes. Hasta hace 2 o 3 décadas, estos cuadros de angustia primaria se conocían como neurosis de angustia, mientras que en la actualidad se presentan como dos trastornos diferenciados: a) ansiedad generalizada (prevalencia en la población general del 3-4%) relacionada con conflictos personales o externos, no ligada a la herencia, pero sí a una personalidad ansiosa y neurótica ya proclive a reaccionar desproporcionadamente a las circunstancias externas (en general el tratamiento es mixto: farmacológico y psicoterapéutico), y b) crisis de angustia (prevalencia en la población general del 1%) (ataques de pánico en la terminología americana), que se relacionan con una ansiedad endógena (autónoma, independiente de estímulos ambientales, de base neurobiológica y basada en la vulnerabilidad genética y en antecedentes familiares de crisis de angustia). Aunque el tratamiento debe ser fundamentalmente farmacológico, a veces hay que complementarlo con aproximaciones psicológicas de orientación cognitivo-conductual.

En general, la angustia se manifiesta a través de síntomas psíquicos y somáticos. Nerviosismo, tensión, irritabilidad, inquietud y agobio, preocupación, insomnio de conciliación, pesadillas, llanto por impotencia (que tranquiliza), sensación de amenaza en relación con miedo a padecer una enfermedad somática grave (desintegración física) o enfermedad mental irreversible (desintegración psíquica) son algunos de los síntomas psíquicos. La disregulación de los sistemas nervioso vegetativo y neuroendocrino por hiperactivación inespecífica del sistema nervioso central explica los síntomas físicos, representados por palpitaciones, taquicardia, ahogo, cansancio, mareos, opresión torácica, anorexia o bulimia, sequedad de boca, náuseas, vómitos, estreñimiento o diarrea, poliuria, distermias, cansancio muscular, trastornos de la función sexual, etc. Toda esta sintomatología puede manifestarse de forma aguda (crisis de angustia) o permanente (ansiedad generalizada).

Crisis de angustia. Ataques de pánico

Son episodios agudos de angustia, de aparición diurna o nocturna, caracterizados por una intensa descarga neurovegetativa que es la que provoca los diversos síntomas característicos (palpitaciones, sudoración, temblores o sacudidas, sensación de ahogo, náuseas, mareo, miedo, escalofríos, etc...). En el plano psíquico destaca un intenso agobio, que no es raro que genere vivencia de muerte, por lo que el paciente acude durante las primeras crisis a los servicios de urgencias hospitalarios, donde no se encuentra, tras exploración adecuada (médica, electrocardiograma, etc.), ningún trastorno orgánico. La duración no sobrepasa los 15-30 minutos.

A menudo el paciente recuerda con precisión la primera crisis, que puede presentarse espontáneamente mientras realiza cualquier actividad inocua (p. ej. conducir) o mientras duerme, aunque también puede aparecer en múltiples y variadas situaciones (enfermedad médica irrelevante, un accidente, una intervención quirúrgica, alteraciones tiroideas, posparto inmediato, consumo de marihuana, cocaína o anfetaminas, ingesta excesiva de café, abstención de tabaco o tóxicos, privación de sueño, etc.). Al principio las crisis son espontáneas, si bien luego pueden verse facilitadas por ciertas situaciones. Ocasionalmente las crisis se presentan de forma focalizada, centradas en algún aparato (crisis angoroides, asmatiformes, seudovertiginosas).

En las últimas décadas se ha aceptado la base neurobiológica de las crisis de angustia, en función de varios elementos: carácter espontáneo, base hereditaria, posibilidad de ser desencadenadas por agentes físicos (lactato sódico, cafeína, yohimbina, CO2) y yuguladas por ciertos psicofármacos (alprazolam, antidepresivos tricíclicos, inhibidores recaptación de serotonina, IMAO). Si el cuadro no se diagnostica y trata de manera adecuada puede cronificarse en forma de crisis intensas o, más frecuentemente, de subcrisis, que son crisis atenuadas. Si el trastorno se cronifica aparecen otros fenómenos, como la ansiedad anticipatoria, las conductas de evitación, la hipocondría y la depresión.

En efecto, como la vivencia de una crisis de angustia afecta enormemente al sujeto que la padece, puesto que tiene sensación de muerte, no es raro que quede afectado y presente un temor al padecimiento de futuras crisis. Se desarrolla, pues, lo que se conoce como ansiedad de anticipación, en la que el sujeto está de forma permanente controlando las situaciones bajo el temor de padecer nuevas crisis. Anticipa, por tanto, el peligro, lo cual, obviamente, genera más ansiedad. Asimismo, de forma más o menos rápida, en relación con la personalidad previa del paciente y el número y gravedad de las crisis, desarrolla lo que se conoce como conductas de evitación, es decir, formas de evitar situaciones o conductas que el paciente asocia a la presentación de las crisis. Salir solo de casa, ir en metro o autobús, entrar en almacenes o cines, conducir, etc. Son conductas frecuentes que los enfermos evitan para protegerse del temor que les causan las crisis de angustia.

Si el cuadro se cronifica pueden aparecer nuevos fenómenos, como estados depresivos, secundarios a la desesperanza y frustración de una vida limitada por las crisis, o hipocondría centrada en múltiples temores a padecer enfermedades.

Todos estos trastornos secundarios a las crisis pueden desarrollarse o no, de tal forma que unos sujetos presentan sólo crisis y ansiedad anticipatoria y otros todo el cortejo (conductas de evitación, hipocondría, depresión). La presentación de todo el cuadro o de una parte depende de la personalidad premórbida, más o menos neurótica, de la calidad de las crisis y de que el tratamiento correcto se instaure más o menos rápidamente.

Las diferentes estadísticas, antiguas y actuales, indican que la remisión completa se observa en el 15-25% de los casos, mientras que en alrededor de un 50% la enfermedad cursa crónicamente, con mejorías ligeras o sin mejoría. El 70% de los pacientes generan agorafobia (conducta de evitación de los espacios grandes), que puede complicarse con hipocondría, depresión o abuso de alcohol o tóxicos.

Para cortar las crisis se precisan psicofármacos (antidepresivos y, entre los ansiolíticos, alprazolam), así como terapia cognitivo-conductual para vencer las conductas de evitación.

Ansiedad generalizada

En la ansiedad generalizada, los síntomas no se presentan en forma de episodios o crisis, sino de manera permanente, aunque el curso del trastorno es también crónico. El tipo de síntomas es superponible al que hemos descrito para las crisis de angustia, si bien no se observa la vivencia de muerte y los síntomas en general son más atenuados (tabla 3-1). Inquietud o impaciencia, fatiga, sobresaltos, tensión, temores difusos, inseguridad, dificultades de atención y concentración, insomnio de conciliación y pesadillas, dolores varios y difusos, palpitaciones, opresión precordial, ahogo, náuseas, mareo, sudoración, escalofríos, etc. son algunos de los síntomas de la ansiedad generalizada.

Los síntomas suelen aparecer en sujetos con personalidad neurótica y en situación de conflicto. Si no se diagnostica y trata el cuadro, suele cronificarse con fluctuaciones, de forma que en ciertos períodos está atenuado y en otros la clínica perturba gravemente al paciente.

Los fármacos antidepresivos suelen ser ineficaces, mientras que los ansiolíticos son útiles y la psicoterapia ineludible para descubrir y tratar el conflicto de fondo.

La personalidad neurótica

Los trastornos de angustia entroncan directamente con un viejo concepto que es el de personalidad neurótica, ya que en la medida en que un sujeto tiene un índice más elevado de ésta más probable es que padezca un trastorno de ansiedad, en especial de ansiedad generalizada. En principio la personalidad neurótica es un concepto dimensional, puesto que no hay sujetos con y sin este tipo de personalidad, sino que existe un continuum que se desplaza desde personas con muy bajo grado de neuroticismo (poco neuróticas) hasta otras con un elevado umbral (muy neuróticas), y un importante número de sujetos intermedios.

El neuroticismo, que puede medirse con varias pruebas y cuestionarios, expresa una intensa conflictividad interna, que provoca un mal control de la vida instintiva y afectiva, con los consiguientes problemas intrapsíquicos e interpersonales: inseguridad, sentimientos de inferioridad y tendencia a la culpa, así como profunda frustración son rasgos del neurótico. La rigidez (repetir sin apenas variación las mismas pautas de conducta) es un mecanismo de protección que emplean estos sujetos para que nuevos estímulos no perturben su escasa y precaria seguridad, aunque a costa de un empobrecimiento existencial.

Si bien la causa del neuroticismo se ha valorado de forma distinta en las escuelas psiquiátricas (psicoanálisis, genetistas, conductismo, etc.), lo cierto es que existe la personalidad neurótica, que en la psiquiatría europea se mantiene como síndrome neurótico general, que promueve diversos cuadros de ansiedad. De cualquier forma, la personalidad neurótica no sólo está en la base de algunos trastornos de angustia (ansiedad generalizada), sino que confiere mal pronóstico a cualquier enfermedad.
psiquiatra barcelona, tratamiento psiquiátrico barcelona, tratamiento psiquiátrico en barcelona, tratamiento integral de salut mental en barcelona, terapia psiquiátrica, psicólogo barcelona, tratamiento psicológico, tratamiento psicológico en barcelona, tratamiento integral de salud mental en barcelona, terapia psicológica, psicoterapia, trastorno de ansiedad, crisis de angustia, ansiedad, tratamiento ansiedad, tratamiento angustia, tratamiento crisis de angustia, crisis de ansiedad, tratamiento y terapia de la crisis de ansiedad, ansiedad generalizada, tratamiento de la ansiedad generalizada